Francia, Marruecos y una independencia “cantada”: la historia de la escena que hizo llorar de verdad a refugiados del nazismo


Para el que nunca la vio: Casablanca es la historia de un bar, un triángulo amoroso incómodo (¿el primer “trío” prestigioso del cine?) y una ciudad de paso donde todos esperan una visa que quizás nunca llegue.
Para el que la vio mil veces: no hace falta repetir que “de todos los bares de todos los pueblos del mundo” o “Tocala Sam, toca ‘As time goes by'”
Pero (spoiler alert con… 84 años de atraso) en el momento más recordado de la película, los clientes del bar de Rick, el bar de Humphrey Bogart / Rick Blaine cantan La Marsellesa para tapar a un grupo de oficiales alemanes que entonaban su propio himno, “Die Wacht am Rhein”. Lo curioso y atroz es que buena parte de esos extras no actuaba: eran refugiados europeos reales, huidos del nazismo y lloraron mientras cantaban.
El momento es fácil de contar y difícil de transmitir: los alemanes cantan primero; Victor Laszlo, el héroe luminoso y de la resistencia, camina hasta la orquesta y pide La Marsellesa; Rick —el antihéroe oscuro, fatal y melancólico como un tango, que hasta ese instante decía ser neutral— asiente. Sutil, Rick no lo dice: es apenas un movimiento afirmativo con la cabeza. La anatomía de un instante del cine, pero colosal.
Y entonces el bar entero se suma para tapar la marcha aparatosa, sin swing y nazi. Es apenas un minuto de película, pero también es el corazón de toda la trama: Rick empieza a dejar la neutralidad. Sin ejército para declarar su independencia interior. Sólo una orquesta de salón y coraje colectivo.
Y, sin embargo, nada de eso estaba en el guion. Pero el director Michael Curtiz lo sabía cuando armó el elenco (y mientras noche tras noche cuatro guionistas ensamblaban contrarreloj ): convocó a refugiados reales para las escenas de multitud. No les hizo falta imaginar ni el miedo ni la nostalgia ni el horror por un país ocupado. La traían puesta.
Entre esos rostros inolvidables está el de Madeleine Lebeau, que interpreta a Yvonne. Canta con lágrimas y termina al grito de “¡Vive la France!”.
Sin dirección actoral, ni cebollas en los ojos o trucos de actuación: Lebeau había huido de la Europa ocupada por los nazis junto a su marido, el actor judío francés Marcel Dalio, también parte del elenco.
Dato de guionista: la producción quería que los alemanes cantaran el “Horst-Wessel-Lied”, el himno oficial nazi, pero seguía protegido por derechos en países con los que Estados Unidos aún no estaba en guerra. Utilizaron “Die Wacht am Rhein“, una canción del siglo XIX asociada a otra derrota francesa, la de 1871.
Marruecos se coló en esta historia sin haber sido, en rigor, parte del rodaje: la película se filmó casi enteramente en estudios de Los Ángeles. Y sin embargo, Casablanca terminó siendo más una idea que un lugar: la última puerta antes de escapar de Europa, donde el destino de miles se jugaba en una visa o en una mesa de bar.
Como todo mito, tiene su leyenda apócrifa: medio planeta jura que Bogart le pide a Sam que “la toque de nuevo”, frase que, tal cual, no existe en la película, sino como se dijo más arriba.
Francia y Marruecos juegan por un lugar en el Mundial. Casablanca ya jugó antes otra clase de partido: el de los que no tenían ejército, ni casa, ni pasaporte seguro, pero todavía tenían una canción.
Y cuando la cantaron, lloraron de verdad. Como todo buen final en el de Casablanca, no hace falta la solemnidad: es el comienzo de una bella amistad.
Fuente: www.clarin.com



